Baracnieves y los siete pequeñitos

Miércoles, enero 27, 2010 — Deja un comentario

º

Por Jazzteiz (foro gorrilunurdinak)

En un lugar no muy lejano, vivía una hermosa chica llamada Baracnieves. Habitaba un piso no muy grande, pero sí adaptado a su estatura, junto con su madrastra, una mujer muy mala y vanidosa, que lo único que quería era ser la que tuviera el cutis más terso y suave de la ciudad.Todos los días le preguntaba a su twitter quién era la mujer con el cutis más suave de la ciudad, y el twitter siempre respondía lo mismo:

– Tú cutis es el más hermoso de todas las mujeres, reina mía.

El tiempo fue pasando hasta que un día el twitter contestó que el cutis más bello era el de Baracnieves. La madrastra, llena de furia y de rabia, como no tenía a mano las pastillas de valium, ordenó a un sicario que le escondiese a Baracnieves la maquinilla de afeitar, y que como prueba, le entregara los cabezales en un cofre.
El sicario intentó llevar a Baracnieves a un callejón, pero la delicada muchacha, al medir 2 metros 17 centímetros de altura, no se dejó avasallar con facilidad, de modo que en el forcejeo el sicario le robó las llaves del piso y echó a correr por un tunel muy bajito.

Baracnieves, al encontrarse sola, sintió mucho miedo, y pasó la noche andando por la oscuridad de la ciudad, aunque nadie se atrevió a molestarla, vaya usted a saber por qué. Al amanecer, descubrío un precioso chalet con un jardincito muy agradable. Entró sin pensarlo dos veces. Entró a gatas. Los muebles y objetos de la casita eran pequeñísimos. Es decir, más pequeños de lo normal. Había siete platitos en la mesita, siete vasitos con sus cubiertitos y siete camitas en la alcoba, donde Baracnieves, después de juntarlas, se acostó quedando profundamente dormida durante todo el día.

Al atardecer, llegaron los dueños de la casa. Eran siete pequeñitos que entrenaban todos los días, que era peor que trabajar en las minas. Hubieran ido cantando si no estuvieran tan cansados. Sus nombres eran Carioquita, Naricita, Saltarín, Tintadito, Espalasqueño, Gazpachito y Pibito. Uno de ellos dijo:

– Hay alguien en mi cama.

– Y en la mía.

– And mine’s.

– Y en la mía.

– Y en la mía.

– Y en la mía.

– Y en la mía.

– Es una chica.

– Y que cutis más suave tiene.

– It’s beautiful.

– ¡No la toques!

– Que grande es

.- Y que pequeñitos somos a su lado.

– What?

– Calla Saltarín, pesado, y sal a correr por los alrededores.

– Jamón serrano.

– Jódelo al Saltarín, que rápido aprende lo bueno.

Tanto barullo montaron, que al final, Baracnieves, se despertó.

– Yaaaaaaaaaawn.

– ¡Un oso! ¡Un oso!

– ¡Nos va a comer!

– ¡Socorro!

– ¡Help me! ¡Help me!

– Que no, que no, que es la chica. Tranquilizaos un poco.

– ¿Quiénes sois vosotros?

– Somos los siete pequeñitos y esta es nuestra casa, y estas nuestras camas. Si quieres puedes quedarte a vivir con nosotros, pero tendrás que hacernos las labores del hogar.

– Está bien – respondió Baracnieves.

Y así fue como todos eran felices, más o menos, y mientras los siete pequeñitos entrenaban duramente, Baracnieves fregaba, cocinaba, hacía las camitas y veía los culebrones de la televisión.
Sin embargo, la madrastra malvada descubrió que el sicario la había engañado y que Baracnieves estaba viviendo en un chalet a las afueras de la ciudad. Montó en cólera y en un taxi, y fue a encontrarse con la cándida Baracnieves.

– Buenas tardes, Baracnieves, cuanto tiempo… ¡ah! ¡Una araña! – y le dio tal pisotón que le rompió un dedo del pie. Después, la afeitó sin espuma, lanzó una risa muy maligna, y salió corriendo.
Baracnieves se quedó sangrando de la cara y llorando del dolor. Su cutis había quedado estropeado y el pie le dolía horrores, de modo que se preparó un cubata y se sentó en el sofá a contemplar la belleza de la vida ociosa.

Cuando llegaron los siete pequeñitos a casa, y vieron que Baracnieves estaba tumbada y quieta sin hacer nada, se enojaron.

– Pero Baracnieves, ¡si no has hecho nada!

– No puedo moverme, tengo roto un dedo del pie.

– ¿Y qué vamos a hacer ahora? Si justo mañana venía el techador y le tenías que echar una mano.

– Pues, no puedo.

– We need a substitute.

– Un sustituto. Que buena idea.

– Podríamos decirle al leñador del bosque.

– Who?

– Si, ese que tala los árboles tirándole el hacha desde 8 metros.

– No sé, parece peligroso.

– Está también la vecina.

– ¿Cual? ¿Esa que parece una bruja? Dicen que les llevó una bebida refrescante a una cuadrilla de pandilleros.

– Ah, pues entonces no.

– Ademas cojea.

– Podemos llamar a una agencia.

– Yes, we can.
– …
– Nada. Me dicen que lo más parecido que pueden ofrecernos es una pértiga con 4 perchas enlazadas.

– ¿Y Pibito?

– ¿Yo que?

– Tu podrías sustituir a Baracnieves.

– ¿Yo? Sos un boludo. No me metas en quilombos.

– Espera, porque me comentaron que en la Villa del Sol habían despedido a Morenito por bajo rendimiento.

– Hombre, siendo todos pequeñitos…

– Es lo que hay.

– Pues llámalo y que venga.

– ¿Pero servirá para limpiar las lámparas del techo sin escalera?

– Pues como tú y como yo.

– Entiendo. Que venga de todos modos.

Unos días después apareció por allí un hombre guapísimo y altísimo, casi tanto como Baracnieves. Los siete pequeñitos y el nuevo estaban entrenando.

– Buenas tardes. ¿Me puede dejar el teléfono, señorita? Es que hay atrás me han clavado un hacha en una rueda y no había nadie cerca.

– Sí, como no. Pasa. Yo soy Baracnieves.

– Puedes llamarme Santiago.

– Y claro que te lo voy a llamar, ladrón.

– Eso esta muy bien. Ya te estas poniendo en pie rápido, que soy el techador y necesito ayuda. Y nada de andarse con remilgos. En cuanto te quiten la escayola, a trabajar conmigo. Mientras, a la piscina todos los días, ejercicios de musculación y prácticas de tiro.

– ¿Todo eso para ayudarte con el techo?

– Y más. En marcha.

Cuando más tarde quedaron todos para cenar, comentaron la posibilidad de en lugar de beber a morro de la botella, deberían usar alguna copa, con lo que cuando Baracnieves se recuperara, sería conveniente ir haciéndose con alguna.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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